A pesar de ser un blog de viajes y running, me gustaría aprovechar estas fechas tan especiales, en las que nos reunimos con la familia, amigos que hacía tiempo que no veíamos, antiguos compañeros del colegio o la universidad…para escribir algunos pensamientos que me rondan la cabeza a menudo y que sea mi pequeño regalo de Navidad para vosotros.

Llevamos un mes inundados de anuncios de colonias, juguetes, tecnología…todo cosas materiales. Y no voy a ser cínico, a mi también me gusta recibir regalos así de vez en cuando, mentiría si dijera lo contrario. Pero me gusta mucho más la sensación de regalar. Y gracias a viajar he podido disfrutar del enorme placer que significa regalar cosas intangibles, como una sonrisa, un beso, un abrazo, un te quiero…porque eso es lo que de verdad me apasiona, lo que hace que cada vez que vuelvo de un viaje estoy deseando salir al siguiente.

Vivimos en una época en la que al instante podemos estar conectados con cualquier rincón del mundo, ver lo que está pasando a miles de kilómetros de aquí. Pero esto nos hace desconectar de lo que tenemos al lado, nuestra familia, pareja, amigos…y soy el primero que me quedo embobado con el móvil mientras tomo unas cañas con amigos o ceno con mi novia. Por eso cuando viajo y pongo el móvil en modo avión, desconecto del mundo…pero conecto conmigo mismo y con todo lo que me rodea, disfrutando de cada paisaje, cada olor, cada gesto, cada detalle que en mi día a día pasa desapercibido por ir en ese “modo automático”. Y lo mismo me pasa cuando salgo a correr. Me pongo las zapatillas, la música y sólo me preocupo de dar cada paso, de llegar al objetivo que me había propuesto, de sentir mi respiración y mi cuerpo y evadirme de todos los problemas. Y cuando llego a casa, al hotel, albergue o dondequiera que esté, me meto bajo la ducha y me siento vivo. Es ahí cuando me doy cuenta de la suerte que tenemos de estar aquí, en este momento concreto, pero no lo valoramos hasta que nos pasa algo o a alguien a nuestro alrededor.

Por eso debemos pararnos, apagar el modo automático del día a día y pasar a disfrutar cada segundo. Y sino llegará el momento, esperemos que dentro de mucho tiempo, en el que de repente digas qué rápido ha pasado pero qué pocos recuerdos y emociones tengo. Porque cuando estés cerca del final, ¿te acordarás de esa súper televisión, ese móvil de última generación que te compraste? o ¿te acordarás de la primera vez que dijiste mamá, papá os quiero? ¿de ese amanecer después de una noche de fiesta? ¿del abrazo de un amigo cuando estabas mal? ¿del primer beso con tu novia? Cada uno tiene una escala de valores y es totalmente respetable. Y la mía se decanta cada día más hacia ese lado de las emociones, de la conciencia plena o mindfulness. En definitiva, de disfrutar.

Hace poco estuve en Milán y pude ir a ver en directo a Ludovico Einaudi, un magnífico pianista. Siempre recordaré los primeros cinco minutos de ese concierto, los pelos de punta, los ojos vidriosos y esa sensación de disfrutar únicamente de ese instante. Y estoy seguro que no me acordaré de esa camisa tan cara que se me encaprichó un día y al final no compré.

Por eso os invito a que en un día como hoy empecéis a disfrutar de todo lo que hacéis (incluso de fregar los platos como hablaba con mi amigo Vicen) y sintáis pasión con vuestro día a día, porque como leí en una cita de Hunter S. Thompson “la vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar a salvo con un cuerpo bonito y bien conservado, sino más bien llegar derrapando de lado, entre una nube de humo, completamente desgastado y destrozado, y proclamar en voz alta ¡Uf! ¡Vaya viajecito!”

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